lunes, 19 de octubre de 2015

SANCHO I "EL GORDO"

SANCHO I EL GORDO, UN REY CON UNA VIDA DE CUENTO

Hoy traigo al blog un personaje casi desconocido por todos. Confieso que yo tampoco sabía nada de él hasta el año pasado, que lo encontré por pura casualidad.
La verdad es que la historia de este rey parece sacada de uno de esos cuentos infantiles tradicionales, pero no, fue totalmente cierta.
Para empezar, hay  que decir que Sancho fue hijo de Ramiro II de León y de su segunda esposa, Urraca. La cual era hija de Sancho Garcés I de Navarra y de Toda Aznárez. Sobre esta última hablaré más adelante.
Quizás el gran problema de Sancho, aparte de su gordura, era su gran ambición y el verse postergado por su hermano, Ordoño, hijo del primer matrimonio de Ramiro II de León con Adosinda Gutiérrez, que reinaría con el nombre de Ordoño III de León.
Sancho siempre quiso ser rey y, aunque su hermano lo apartó de la corte, nombrándolo gobernador de Burgos, siempre estuvo organizando revueltas internas que llegaron a provocar dos guerras civiles, que duraron poco tiempo.
Nuestro personaje parece ser que era muy persuasivo y llegó a convencer tanto al conde Fernán González de Castilla, que era el suegro de Ordoño, como a su tío el rey de Navarra, para que atacaran León y, así, cuando él estuviera en el trono, les devolvería los territorios que habían perdido anteriormente en guerras contra su reino.
Ordoño III consiguió vencer a los ejércitos de los aliados, haciendo que cada uno huyera hacia su respectivo territorio.
Bueno, las peleas entre hermanos herederos de un trono eran habituales en la Edad Media. Algo parecido ocurrió entre Alfonso IV el monje y Ramiro II, ambos reyes de León. En este caso, el primero dejó el trono a Ramiro, para hacerse monje.
Luego, tras unos años de vida conventual, quiso volver a reinar, pero su hermano no se lo permitió, lo encerró y ordenó que le sacaran los ojos. Está claro que era un perfeccionista. Esto de los ojos era muy típico entre los visigodos.
Como consecuencia de la rebelión del conde Fernán González, expulsó de León a su esposa, que era hija del conde, y se amancebó con Elvira Peláez, hija de otro conde,  Pelayo González. De esta última unión nacería Bermudo, heredero al trono de León, aunque fuera bastardo.
Ordoño III intentó llevarse bien con los musulmanes, porque estaban en pleno apogeo, liderados por Abderramán III y, en toda la península,  no había quién les parara 
El rey de león no tuvo mucha suerte y falleció cuando sólo llevaba 5 años de reinado. Como su hijo, Bermudo, era aún muy pequeño, su hermano Sancho aprovechó la oportunidad de su vida y, apoyado por muchos nobles, fue proclamado rey en 955.
Una vez en el trono, intentó por todos los medios rebajar el poder de la nobleza. Eso causó el efecto contrario y dio lugar a muchas burlas y menosprecios a causa de su excesiva gordura.
Este defecto era tan importante que le impedía,  montar a caballo y manejar las armas. Incluso, para andar necesitaba apoyarse en otra persona.
Esta minusvalía, provocada por la obesidad, no era admisible en plena Edad Media, donde todos los reyes solían cabalgar, en medio de las batallas, al frente de sus tropas. El rey tenía que ser el mejor caballero.
Empezó su reinado con mal pie, no sólo por su defecto, sino porque al negarse a firmar un tratado que ya había preparado su hermano antes de morir, con el califa Abderramán III, fue atacado por los musulmanes, provocando serios destrozos.
La nobleza, que antes le había apoyado, empezó a intrigar contra este rey, pues, su actitud hacia los musulmanes, les estaba provocando muchos perjuicios.
El citado, Fernán González, primer conde independiente de Castilla, que tenía fama de liante, esta vez se las arregló para casar a su hija, ya viuda de Ordoño III, con otro Ordoño, que era hijo del destronado Alfonso IV el monje.
Para liar más la cosa, Fernán, reunió a varios nobles, los cuales proclamaron en 958 al mencionado Ordoño, rey de León, con el nombre de Ordoño IV. Por cierto, este tampoco sería muy agraciado físicamente, porque era jorobado.
Sancho I tuvo que salir zumbando hacia Navarra y allí le recibió calurosamente su abuela, la reina Toda Aznárez, que, por entonces, tras haberse quedado viuda, ejercía la regencia del reino, dada la corta edad de su hijo, el futuro García Sánchez  I de Navarra.
Toda, inmediatamente, se dio cuenta de que la única forma de que su nieto volviera a reinar en León pasaba por encontrar un potente aliado para su causa y por perder un montón de kilos, para convencer a sus súbditos.
 El único aliado que podría ayudarles a recuperar el trono de León era el califa Abderramán III. Así, aunque Toda había estado guerreando muchos años contra los moros, venció sus prejuicios a fin de ayudar a su nieto.
El califa les mandó un médico judío, al cual también le dio instrucciones para negociar la paz con Córdoba. Luego les exigió que fueran a esa ciudad para firmar el tratado.
Sancho I, gracias a los remedios del médico, consiguió rebajar mucho su peso y, además, el califa, le mandó un ejército para recuperar el trono.
A partir del 959, consiguió rendir muchas plazas del reino, con la ayuda de los moros. Sin embargo, León seguía en poder de Ordoño IV.
En 960, el liante del conde Fernán González, fue vencido y capturado en una batalla. Así que Ordoño IV perdió a su principal apoyo. Por ello, huyó primero a Asturias y luego a Burgos.
En 961 murió el gran califa Abderramán III. Los reyes cristianos interpretaron que ya no tendrían que cumplir lo pactado. Además, el nuevo califa no parecía muy belicoso. Pues, se equivocaron.
El nuevo califa pidió que se cumplieran los pactos de forma inmediata. León debería de entregarle unas cuantas fortalezas y Navarra a su prisionero, el conde Fernán González.
Esto no fue posible, porque el conde ya había sido liberado por el rey navarro y aquél no perdió el tiempo, pues enseguida fue a prestar juramento ante Sancho I. Además, nada más volver a Castilla, expulsó de allí a Ordoño IV.
Como a éste último no se le ocurrió otra cosa que ir a Córdoba para intentar buscar el apoyo del califa, como ya hicieron Sancho I y su abuela, Toda, pues el rey leonés envió inmediatamente una embajada a Córdoba para notificarle de que iba a cumplir lo pactado. No fuera que ahora apoyaran al otro.
Lo curioso es que  Ordoño IV murió de repente y Sancho I se negó a cumplir lo prometido. Así que el califa ordenó la invasión de León.
Aunque firmaron una alianza, Navarra, Castilla y los condados catalanes, el califa les fue venciendo uno a uno, provocando muchos destrozos. Además, les obligó a firmar una paz con unas condiciones leoninas. Todo esto provocó una situación de anarquía en estos territorios y un desprestigio de León, por parte de los demás reinos.
En Galicia estalló una sublevación, capitaneada por el conde Gonzalo Sánchez. Hacía allí partió Sancho I con su ejército.
El jefe rebelde invitó a Sancho a una entrevista en el campamento de los sublevados. Allí le ofreció unos frutos, que el rey comió, sin sospechar que habían sido previamente envenenados.
No murió enseguida, sino que fue perdiendo sus fuerzas poco a poco. Así que ordenó que lo trasladaran a León. No pudo llegar con vida, pues murió en un monasterio de Galicia, 3 días después de su entrevista con el jefe rebelde.
Murió en 965, dejando una viuda y un hijo de sólo 5 años, llamado Ramiro, que le sucedería en el trono.
Como ya habréis podido leer, este rey tuvo una vida con todos los ingredientes de un cuento. Muchas veces no hace falta inventarse ningún cuento, simplemente, hay que rebuscar en nuestra Historia.

A lo mejor, si hicieran eso los guionistas y directores de cine español, recaudarían más por sus películas y no habría que subvencionarles.
Extraído de esta web