miércoles, 24 de febrero de 2016

¿Dónde están enterrados nuestros reyes?

Desde que Felipe II decidió centralizar las sepulturas de todos los monarcas en el Monasterio de El Escorial, casi todos sus descendientes han sido enterrados en su Cripta Real que, por cierto ya se ha llenado por completo, planteando el problema sobre donde se les dará sepultura a los Reyes de España a partir de ahora. ¿Pero dónde están enterrados sus antecesores?
Sobre los reyes visigodos, sólo se tienen sospechas de que alguno de ellos pudo ser enterrado en la Iglesia dedicada a Santa Leocadia de Toledo. De las 'rawdas' o cementerios reales de los diferentes reinos musulmanes tampoco se sabe mucho. El de Córdoba podría estar bajo el actual Palacio Arzobispal o en algún lugar cercano al Alcázar, aunque no se sabe a ciencia cierta. Se tiene la casi certeza, en cambio, del traslado de los restos de los monarcas nazaríes por Boabdil al Castillo de Mondújar a la caída de Granada, aunque perdiéndose su rastro desde entonces.
Sobre la sepultura de los Reyes de los diferentes reinos cristianos, desde Pelayo, se sabe prácticamente todo. Sus tumbas están repartidas por todo nuestro territorio, algunas en lugares realmente espectaculares, tanto por su emplazamiento como por la arquitectura que los cobija. Estos son a nuestro parecer los panteones reales más significativos (Nota: Todos están abiertos al público, en su mayoría bajo el pago de una entrada).
  1. 1. Panteón Real de la Catedral de Oviedo
    Aunque durante siglos los restos de los miembros de la realeza astur-leonesa estuvieron dispersos por distintos monasterios, la mayoría (8 reyes y sus familias) terminan en seis nichos barrocos de la nueva capilla de Nuestra Señora del Rey Casto que se construye a principios del siglo XVIII. La gran excepción es Pelayo que permanece en la Santa Cueva de Covadonga. | Más información aquí
  2. 2. Panteón Real de San Juan de la Peña
    En la antigua sacristía de la Iglesia Alta del antiguo monasterio están enterrados en un panteón reformado por Carlos III en 1770 los restos de algunos monarcas navarros que reinaron en Aragón, de los primeros condes aragoneses y de los tres reyes iniciales de la dinastía ramirense, Ramiro I, Sancho Ramírez, Pedro I, junto con sus esposas. Por otro lado en San Pedro el Viejo de Huesca se encuentran sus sucesores Alfonso I el Batallador y Ramiro II el Monte (en un sarcófago romano del S.II). | Más información aquí
  3. 3. Panteón Real de Santa María Real de Nájera
    En este monasterio riojano se conservan los sepulcros de los reyes del reino de Nájera-Pamplona, precursor del reino de Navarra que se mantuvieron en el poder desde el 918 hasta 1135, llamando la atención la calidad de algunos de ellos en estilo románico. | Más información aquí
  4. 4. Panteón Real de San Isidoro de León
    Esta joya del románico alberga desde el reinado de Fernando I en el S.XI los restos de los reyes de León y sus familiares, desde Alfonso IV que reinó durante el S.X, hasta García, rey de Galicia que murió en 1090. Muy cerca en la Catedral de León se encuentra enterrado el rey Ordoño II que vivió hasta el 924. | Más información aquí
  5. 5. Catedral de Toledo
    En este espléndido edificio están enterrados en magníficos sepulcros seis monarcas de Castilla. Tres en la Capilla Vieja, incluido Alfonso VII El Emperador, y los tres primeros Trastámara en la Capilla de los Reyes Nuevos: Enrique II, Juan I y Enrique III. | Más información aquí
  6. 6. Catedral de Sevilla
    La Capilla Real alberga los sepulcros de tres de los reyes más carismáticos de nuestra historia: Fernando III El Santo, su hijo Alfonso X El Sabio y Pedro I El Cruel, además del de sus consortes y algunos familiares. Por otra parte, en la Iglesia de San Hipólito de Córdoba se guardan los restos de sus sucesores, Fernando IV y Alfonso XI. | Más información aquí
  7. 7. Monasterio de Poblet
    Este preciosos edificio cisterciense en la provincia de Tarragona, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1991, Fue panteón real de la Corona de Aragón hasta el S.XV. Están enterrados sus principales reyes. Sólo Pedro III y Jaime II reposan en el cercano Monasterio de Santes Creus. | Más información aquí
  8. 8. Monasterio de las Huelgas
    Este carismático edificio mayormente gótico guarda en espléndidos sepulcros los restos de los reyes Enrique I y Alfonso VIII además de otros muchos miembros de la realeza castellana de los siglos XII, XIII y XIV. Muy cerca es visita imprescindible la Cartuja de Miraflores donde Isabel Católica mandó construir un espectacular sepulcro a sus padres y a su hermano Alfonso que realizó Gil de Siloé. | Más información aquí
  9. 9. Capilla Real de Granada
    Mandada construir por los mismo Reyes Católicos, representa uno de los hitos tanto de la arquitectura como la escultura funeraria. Sus sepulcros fueron realizados por Domenico Fancelli, mientras el de su hija Juana con Felipe El Hermoso es obra de Bartolomé Ordoñez. Están rodeados de excepcionales obras de arte de su época. | Más información aquí
  10. 10. Cripta Real del Monasterio de El Escorial
    Fue diseñada por Juan Gómez de la Mora ya en el S.XVII, albergando todos los reyes y muchos de sus familiares, desde Carlos I hasta Juan III que no llegó a reinar. Las excepciones son Fernando VI y Barbara de Braganza que se enterraron en el madrileño Convento de las Salesas Reales, José I cuyos restos se encuentran en Les Invalides de París y Amadeo I que está con su esposa en la Basílica de Superga de Turín. | Más información aquí

RETRATO DE JAIME I



Aquest rei en Jacme fo lo plus bell hom del món; que ell era major que altre home un palm, e era molt bé format e complet de tots sons membres, que ell havia molt gran cara, e vermella, e flamenca, e el nas llong e ben dret, e gran boca e ben feita, e grans dents, belles e blanques, que semblaven perles, e els ulls vairs, e bells cabells rossos, semblant a fil d'aur, e grans espatlles, e llongs cor e delgat, e els brasses grossos e ben feits, e belles mans, e llongs dits, e les cuixes grosses, e les cames llongues e dretes e grosses per llur mesura, e els peus llongs e ben feits e gint causans. E fo molt ardit, e proas de ses armes, e forts, e valent, e llarg de donar, e agradable a tota gent e molt misericordiós; he hac tot son cor e tota sa volentat de guerrejar ab sarraïns."

martes, 16 de febrero de 2016

FIRMAS DE REYES DE ARAGÓN: PETRONILA

Yo Petronila, por la gracia de Dios reina de Aragón y condesa de Barcelona
Petronila (1157-1164)

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Con el objetivo de dar continuidad al linaje regio, la hija de Ramiro II fue comprometida, cuando apenas tenía un año, con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, aunque el matrimonio no se celebró hasta 1150.
Tras el fallecimiento de su padre recibió la dignidad real aragonesa, pero el gobierno de Aragón estuvo en manos de su marido hasta la muerte de éste, en 1162.
Dos años después, ella abdicó a favor de su hijo, Alfonso, y se retiró de la actividad política hasta su deceso, acaecido el 15 de octubre de 1173. Fue enterrada en la catedral de Barcelona.

 

FIRMAS DE REYES DE LA CORONA DE ARAGÓN: RAMIRO II

Yo Ramiro, por disposición divina rey de los aragoneses
Ramiro II ‘el Monje’ (1134-1157)

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Ramiro, hijo menor de Sancho Ramírez, abandonó los hábitos religiosos tras la muerte de su hermano Alfonso, y se hizo con el trono gracias al apoyo de todos aquellos que querían impedir que se cumpliese el testamento del Batallador a favor de las Órdenes Militares.
En este contexto de crisis interna, el rey de Castilla se apoderó de Zaragoza, Navarra se independizó y los andalusíes recuperaron parte de las tierras perdidas. Para dar continuidad al linaje y hacer frente a las dificultades, ‘el Monje’ engendró a una niña llamada Petronila y concertó su matrimonio con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, en cuyas manos dejó el gobierno del reino en 1137.
Después de aquello, Ramiro ingresó como monje en San Pedro el Viejo de Huesca, aunque siguió llamándose rey hasta su muerte, el 16 de agosto de 1157. Fue enterrado en el mismo monasterio, en un sarcófago romano

  Firma o Signun regis Firma de Ramiro II
Ramiro II el Monje, usa signo propio: una cruz dentro de un círculo flanqueado de sendas cadenillas de las que penden un ALFA y una OMEGA, símbolo trinitario y expresión gráfica de que Cristo es el principio y fin de todas las cosas. Su origen y contenido religioso es evidente.

FIRMAS DE REYES DE LA CORONA DE ARAGÓN: JAIME I

Nos Jaime, por la gracia de Dios rey de Aragón, Valencia y Mallorca, conde de Barcelona y señor de Montpellier
Jaime I ‘el Conquistador’ (1213-1276)

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FIRMAS DE REYES DE LA CORONA DE ARAGÓN: FERNANDO DE ARAGÓN

Fernando, por la gracia de Dios rey de Castilla, Aragón, León, Sicilia, Granada, Toledo, Valencia, Galicia, Mallorca, Sevilla, Cerdeña, Córdoba, Córcega, Murcia, Algarbe, Algeciras, Gibraltar e islas Canarias, conde de Barcelona, Rosellón y Cerdaña, señor de Vizcaya y Molina, duque de Calabria, Apulia, Atenas y Neopatria, y marqués de Oristán y Gocíano
Fernando II ‘el Católico’ (1479-1516)

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Jaime I de Aragón [Barcelona] "El Conquistador"
Rey de Aragón, Valencia y Mallorca

  • Nacimiento: Montpellier, 2 de febrero de 1208
  • Defunción: Valencia, 27 de julio de 1276
  • Enterramiento:
    • Monasterio de Poblet (Tarragona)

Padres

Cónyuges e hijos

1.-  Agreda, 06/02/1221Leonor de Borgoña
Infanta de Castilla
[c. 1202 - Burgos, 1244]
  1. Alfonso, Infante de Aragón (a. 1228 - 1260)
2.-  Barcelona, 1235Violante de Hungría
[c. 1215 - Huesca, 12/10/1251]
  1. Violante, Infanta de Aragón (1236 - 1302)
  2. HombrePedro III de Aragón (1239 - 1285)
  3. HombreJaime II de Mallorca (1243 - 1311)
  4. Constanza (c. 1240 - 1270)
  5. Isabel, Infanta de Aragón (c. 1245 - 1271)
3.-  ?Teresa Gil de Vidaure
[? - ?]
  1. Jaime, Barón de Xérica (c. 1255 - 1285) [legitimado]
?Berenguela Alfonso
[? - Narbona, 17/07/1272]
  1. Fernán (1240 - 1275)

JAIME I

De cómo fue engendrado con intrigas Jaime I el Conquistador


De cómo fue engendrado con intrigas Jaime I el Conquistador

Su padre Pedro II no quería ni ver a su esposa, la reina María de Montpellier, y fue engañado para consumar el matrimonio
Estatua de Jaime I El Conquistador en Valencia - rober solsona
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Jaime I el Conquistador fue Rey de Aragón, de Mallorca y de Valencia, conde de Barcelona y de Urgel y señor de Montpellier, pero este monarca clave en la historia de España bien pudo no haber nacido si su padre, Pedro II el Católico, no hubiera sido engañado para consumar su matrimonio con María de Montpellier.
El propio don Jaime relató en su Crónica «en qual manera nos fom engenrat» señalando que su padre no podía ver a la reina hasta que un día en que Pedro II se encontraba en Lates y doña María en Miravals, un rico hombre aragonés llamado Guillén de Alcalá rogó tanto al monarca que fuera a Miravals que éste aceptó «e aquela nuyt que abdos foren a miravals volch nostre senyor que nos foren engenrats».
«Guillén de Alcalá llevó al rey donde estaba la reina, con el pretexto de que le cumpliría su voluntad cierta dama, pero Guillén la sustituyó por la reina, que aquella noche quedó embarazada», relataba el fallecido historiador Ángel Canellas López. En su estudio sobre «Relaciones políticas, militares y dinásticas entre la Corona de Aragón, Montpellier y los países del Languedoc», Canellas señalaba que el rey de Aragón, que se intituló señor de Montpellier desde su matrimonio con María, se arrepintió poco después de su casamiento y procuró apartarse de la reina, que pasaba la mayor parte del tiempo en Montpellier.
«Angustiada está la reina, y no sin mucha razón, porque su marido el rey don Pedro, rey de Aragón, no hacía caso de ella más que si fuera varón, ni le pagaba la deuda que tenía obligación; antes con muchas mujeres era su delectación...», reza el romance de Juan de Timoneda.
La desolación de la reina «no era por el deleite de la tal conversación», continúa el romance, «sino que de su marido no había generación para gobernar el reino sin ninguna división».
Ramón Muntaner recogió en su crónica cómo «el dicho señor rey Don Pedro, que era joven y fácilmente se enamoraba de las gentiles mujeres, no vivió con la dicha señora Dª María, y ni siquiera se acercaba a ella cuando alguna vez venía a Montpellier, por lo cual estaban descontentos sus vasallos y señaladamente los prohombres de Montpellier». Éstos, al saber que el monarca bebía los vientos por una dama de la ciudad, hablaron con un noble «que era privado del dicho señor Rey en tales negocios» -probablemente Guillén de Alcalá- y le convencieron para que le dijera al rey que iba a llevar a dicha señora a su cámara, pero que no quería que hubiera luz para no ser vista por nadie.
«Así que él esté acostado y se hayan retirado los de su corte, vendréis todos aquí al Consulado de Montpellier, y estaremos allí los doce cónsules, y entre caballeros y otros ciudadanos tendremos otros diez de los mejores de Montpellier y de su baronía, y estará allí la reina Dª María, con doce dueñas de las más honradas de Montpellier y con doce doncellas; e irá con nosotros ante el dicho señor Rey y vendrán con nosotros dos notarios, los mejores de Montpellier, y el oficial del Obispo, y dos canónibos, y cuatro buenos religiosos; y cada hombre y cada dueña o doncella traerá en la mano un cirio, el cual encenderán cuando la dicha reina Dª María entre en la cámara con el señor Rey. Y a la puerta de la dicha cámara estarán todos juntos hasta el amanecer», continúa Muntaner.
Se cantaron misas en Santa María de les Taules y en Santa María de Valluert y se guardaron ayunos durante la semana previa para que Dios concediera un hijo a los reyes. El monarca, enterado de los ruegos aunque no del engaño, decía: «Hacen bien, y será lo que Dios quiera».
La noche de autos, en mayo de 1207, allá fueron todos los nobles, notarios, dueñas y doncellas con los cirios, que aguardaron tras la puerta mientras se cumplía el plan. Al amanecer entraron en la cámara y pidieron al rey que reconociera a la mujer que dormía a su lado. Éste, al ver a la reina, rogó porque se cumpliera el propósito que los nobles tenían.
Otras crónicas atribuyen la estratagema a la misma reina Doña María. Sea como fuera, y aún descartados los aderezos novelescos que se fueron añadiendo a la leyenda, «quedan en pie, atestiguados por el mismo glorioso Conquistador, la extraña anécdota de su engendramiento por sorpresa», afirma Menéndez Pelayo en sus estudios sobre esta leyenda que llevó al teatro Lope de Vega en «La Reina Doña María».
Jaime I el Conquistadornació el 2 de febrero de 1208 en casa de los señores de Tornamira en Montpellier y fue llevado a la iglesia de Santa María y a la de San Fermín. A su regreso a palacio, la reina ordenó que se encendieran al mismo tiempo doce velas, del mismo peso y tamaño, «y a cada una puso sendos nombres de los Apóstoles, y prometió a Nuestro Señor que tendríamos el nombre de aquel apóstol cuya candela durase más», relata el propio monarca que fue llamado Jaime (Santiago) porque su vela «duró como tres dedos más que las otras».
«Y así hemos venido de parte de la Reina, que fue nuestra madre, y del rey D. Pedro, nuestro padre... Y parece obra de Dios», mandó escribir El Conquistador.

sábado, 6 de febrero de 2016

SELLOS REALES

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CARLOS IV



Carlos IV de Borbón (Portici, Nápoles, 11 de noviembre de 1748 – Roma, 20 de enero de 1819) fue Rey de España desde el 14 de diciembre de 1788 hasta el 19 de marzo de 1808. Hijo y sucesor de Carlos III y de María Amalia de Sajonia.

Acceso al trono.

Sucedió a su padre, Carlos III, al morir éste el 14 de diciembre de 1788. Accedió al Trono con una amplia experiencia en los asuntos de Estado, pero se vio superado por la repercusión de los sucesos acaecidos en Francia en 1789 y por su falta de energía personal que hizo que el gobierno estuviese en manos de su esposa María Luisa de Parma y de su valido, Manuel Godoy, de quien se decía era amante de la Reina, aunque hoy en día esas afirmaciones han sido desmentidas por varios historiadores.[1] Estos acontecimientos frustraron las expectativas con las que inició su reinado. A la muerte de Carlos III, el empeoramiento de la economía y el desbarajuste de la administración revelan los límites del reformismo, al tanto que la Revolución francesa pone encima de la mesa una alternativa al Antiguo Régimen.

Gobierno del conde de Floridablanca.

Las primeras decisiones de Carlos IV mostraron unos propósitos reformistas. Designó primer ministro al conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, I conde de Floridablanca (Murcia, 21 de octubre de 1728 - Sevilla, 30 de diciembre de 1808) fue un político español,
un ilustrado que inició su gestión con medidas como la condonación del retraso de las contribuciones, limitación del precio del pan, restricción de la acumulación de bienes de manos muertas, supresión de vínculos y mayorazgos y el impulso del desarrollo económico. El propio Monarca tomó la iniciativa de derogar la Ley Sálica impuesta por su antecesor Felipe V, medida ratificada por las Cortes de 1789, que no se llegó a promulgar.

El 19 de febrero de 1777 toma posesión como Secretario del Despacho de Estado (especie de ministro de Asuntos Exteriores), cargo que ocuparía hasta el 27 de febrero de 1792, ocupando interinamente la Secretaría de Gracia y Justicia entre 1782 y 1790. Floridablanca orientó la política exterior de Carlos III hacia un fortalecimiento de la posición española frente a Inglaterra, motivo por el que interviene en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos junto a Francia y las colonias rebeldes en contra de Inglaterra (1779-1783), gracias a lo cual consigue recuperar Menorca (1782) y Florida (1783). Sin embargo, no es capaz de tomar Gibraltar tras el Gran Asedio. Potenció también la amistad con los príncipes italianos de la Casa de Borbón y con Portugal (con la que firma un tratado de amistad en 1777, el tratado de San Ildefonso, por el que obtiene las islas africanas de Annobón y Fernando Poo).

Pronto se vio enfrentado al partido aragonés que encabezaba el conde de Aranda, pues Floridablanca pretendía reequilibrar las instituciones de la Monarquía dando más peso al estilo de gobierno ejecutivo de las Secretarías de Estado y del Despacho, mientras que Aranda defendía el estilo tradicional que representaban los Consejos. En esa línea creó en 1787 la Junta Suprema de Estado (presidida por él mismo), que respondía a la idea de coordinar las distintas secretarías en una especie de Consejo de Ministros, obligando a todos los secretarios a reunirse una vez por semana.

Ante esta situación, Floridablanca quiso abandonar su cargo, sin resultado, puesto que el testamento real estipulaba que el hijo y sucesor del rey Carlos III debía mantener su confianza en el Conde de Floridablanca. En 1789 el pueblo de Madrid, en múltiples panfletos, acusaba a Floridablanca de robo y de deslealtad a la Corona. Éste quiso dimitir, decisión no admitida por Carlos IV, el cual creó varias secretarias (Gracia y Justicia, Real Casa y Patrimonio) para aliviar los trabajos de Floridablanca.

Antaño reformista, los sucesos de la Revolución francesa hacen cambiar de forma radical su punto de vista político, convirtiéndose en abanderado de una fuerte reacción, que lleva al encarcelamiento de Francisco Cabarrús y la caída en desgracia de Jovellanos y Campomanes. El 18 de julio de 1790 sufre un atentado, del que escapa ileso y dos años más tarde Carlos IV le destituye y es apresado en su casa de Hellín. La subida al poder de Aranda le lleva a la cárcel en la ciudadela de Pamplona, bajo acusaciones de corrupción y abuso de autoridad. A la caída de Aranda, sustituido por Manuel Godoy, es liberado (1794). Sin embargo, Floridablanca no vuelve a intervenir en asuntos políticos y se retira a su ciudad natal, Murcia.

Bajo su mandato se construyó el Canal Imperial de Aragón, el que todavía hoy depende el abastecimiento de agua potable de numerosos municipios, entre ellos Zaragoza, y el regadío de 26.500 Ha. de terreno entre Aragón y Navarra.


Gobierno del conde de Aranda.

En 1792, Floridablanca fue sustituido por el conde de Aranda, amigo de Voltaire y de otros revolucionarios franceses, a quien el rey encomienda la difícil papeleta de salvar la vida de su primo el rey Luis XVI en el momento en que éste había aceptado la primera Constitución francesa.

Sin embargo, la radicalización revolucionaria a partir de 1792 y el destronamiento de Luis XVI—el rey francés fue encarcelado y quedó proclamada la República— precipitó la caída del conde de Aranda y la llegada al poder de Manuel Godoy el 15 de noviembre de 1792.

Crisis final.

Con tal sucesión de guerras se agravó hasta el extremo la crisis de la Hacienda; y los ministros de Carlos IV se mostraron incapaces de solucionarla, pues el temor a la revolución les impedía introducir las necesarias reformas, que hubieran lesionado los intereses de los estamentos privilegiados, alterando el orden tradicional.

La presencia de soldados franceses en territorio español aumentó la oposición hacia Godoy, enfrentado con los sectores más tradicionales por su política reformista y entreguista hacia Napoleón. A finales de 1807 se produjo la Conjura de El Escorial, conspiración encabezada por Fernando, Príncipe de Asturias, que pretendía la sustitución de Godoy y el destronamiento de su propio padre. Pero, frustrado el intento, el propio Fernando delató a sus colaboradores. En marzo de 1808, ante la evidencia de la ocupación francesa, Godoy aconsejó a los reyes que abandonaran España. Pero se produjo el Motín de Aranjuez, levantamiento popular contra los reyes aprovechando su presencia en el palacio de Aranjuez. Godoy fue hecho preso por los amotinados. Carlos IV, ante el cariz de los acontecimientos, abdicó en su hijo Fernando VII.

Napoleón, receloso ante el cambio de monarca, convocó a la familia real española a un encuentro en la localidad francesa de Bayona. Fernando VII, bajo la presión del Emperador y de sus padres, devolvió la Corona a Carlos IV el día 6 de mayo, sin saber que el día antes Carlos IV había pactado la cesión de sus derechos a la corona en favor de Napoleón, quien finalmente designó como nuevo rey de España a su hermano José.

Final.

Carlos permaneció prisionero de Napoleón hasta la derrota final de éste en 1814; pero en ese mismo año Fernando VII fue repuesto en el Trono español, manteniendo a su padre desterrado por temor a que le disputara el poder. Carlos y su esposa murieron exiliados en la corte papal.

Mecenazgo.

Carlos se interesó desde su juventud por el arte. Violinista aficionado, en 1775 compró para la corte el cuarteto de instrumentos Stradivarius conservado actualmente en el Palacio Real de Madrid y se rodeó de un entorno musical privilegiado dirgido por el violinista y compositor Gaetano Brunetti. También se interesó por la pintura, encargando obras a Luis Meléndez, Claude Joseph Vernet y Luis Paret y nombrando a Francisco de Goya pintor de cámara (1789)

FERNANDO III DE CASTILLA





Fernando III de Castilla (Peleas de Arriba, Zamora o Bolaños de Calatrava, Ciudad Real, c. 5 de agosto de 1199 – Sevilla, 30 de mayo de 1252), llamado el Santo, rey de Castilla[1] (1217 – 1252) y de León[1] (1230 – 1252). Hijo de Berenguela I, reina de Castilla, y de Alfonso IX, rey de León. Durante su reinado se unificaron definitivamente las coronas de Castilla y León, que habían permanecido divididas desde la época de Alfonso VII el Emperador, quien a su muerte las repartió entre sus hijos, los infantes Fernando y Sancho.

Durante su reinado fueron conquistadas y arrebatadas a los musulmanes, en el marco de la Reconquista, entre otras plazas, las ciudades de Córdoba, Sevilla, Jaén y Murcia, obligando con ello a retroceder a los reinos musulmanes, que, al finalizar el reinado de Fernando III el Santo, únicamente poseían en la Península Ibérica las actuales provincias de Huelva, Cádiz, Málaga, Granada y Almería.

Fue canonizado en 1671, siendo papa Clemente X, y reinando en España Carlos II.

A la muerte de su padre, Alfonso IX, rey de León, en 1230, los partidarios de Fernando no respetaron su testamento, reivindicando el trono de León, que el rey, su padre, había legado a Sancha y Dulce, hijas de su matrimonio con Teresa de Portugal. Tras una reunión entre las dos reinas consortes, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, se firma el Tratado de Valencia de Don Juan, en el que se declara la inviabilidad del testamento de Alfonso IX y el traspaso de la corona de León a Fernando a cambio de una compensación económica a Dulce y Sancha, que incluía la cesión de tierras que se reincorporarían a Castilla cuando éstas murieran. De ese modo se unieron dinásticamente -siguieron conservando Cortes, leyes e instituciones diferentes- León y Castilla en la persona de Fernando.

Tras lograr la unión de sus reinos, se dedica de manera sistemática a la conquista del valle del Guadalquivir. En 1231 tomó la plaza de Cazorla en Jaén, junto al arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada. Las fuerzas reales se adueñan posteriormente de la campiña cordobesa y de forma inesperada se apoderan de la capital cordobesa en 1236. En 1240 se apoderó de Lucena. En 1243, el rey del taifa de Murcia se sometió a vasallaje y poco después su hijo, el Infante Alfonso, ocupó el reino murciano de forma pacífica. En 1244, se establecen las fronteras con el Reino de Aragón en el Tratado de Almizra, asignando al reino de Castilla las plazas de Orihuela, Elche y Alicante.
Desde entonces fue avanzando por el Guadalquivir. Jaén es conquistada tras años de ataques en 1246, y en noviembre del año 1248 se apodera de Sevilla, tras quince meses de asedio y con el auxilio del marino Ramón de Bonifaz, a quien el rey había encargado en 1247 la formación de una flota con naves procedentes del Cantábrico y con la que habría de remontar el río Guadalquivir y completar el cerco sobre la ciudad. A la toma de Sevilla siguió la de Medina Sidonia y Arcos de la Frontera, entre otras. Cuando falleció en 1252, preparaba una expedición contra el norte de África, tratando de evitar las posibles

Tras la invasión musulmana y las capitulaciones de Teodomiro, poco a poco fueron asentándose en el sureste peninsular diversos contingentes musulmanes: sirios y egipcios se unieron a la población hispano-visigoda previa; ésta última, con el tiempo, se vio dividida entre mozárabes y muladíes, al convertirse buena parte de ella al islam. El componente bereber, más pobre, tendió a asentarse en las tierras interiores del reino, menos feraces.

Durante la dominación musulmana, Murcia estaba muy integrada en los circuitos comerciales del mundo musulmán. Poseía una buena densidad de población (ver tabla), no sólo en las ciudades sino también en poblamientos más pequeños y dispersos (alquerías) tanto en las sierras del Noroeste como en los tramos más meridionales.

Debemos tener presente que la conquista castellana se produce como consecuencia de un proceso paulatino de debilitamiento militar del emirato hudita: razzias primero, parias después, para seguir con el protectorado y la ocupación final. Sin embargo, el proceso condujo a la huida de los musulmanes que, supuestamente, debían haber seguido explotando las tierras. Pese a las disposiciones repobladoras y los privilegios de Alfonso X, los musulmanes murcianos habían abandonado el reino 60 años después de su conquista.


Los motivos castellanos para afrontar la conquista se pueden resumir en:

. Asegurarse un puerto natural (Cartagena), estratégico y bien defendido, en el Mediterráneo.
. Cortar la expansión meridional de la Corona de Aragón.
. Abrir un segundo frente con Granada y, a consecuencia del primer punto, bloquear más eficazmente el tráfico marítimo granadino.

En la primavera de 1243, el Infante don Alfonso, en nombre de su padre, Fernando III de Castilla y León, e Ibn Hud firman el Tratado de Alcaraz por el que el emirato musulmán de Murcia se somete al protectorado de Castilla. Las ciudades que no aceptaron el Tratado de Alcaraz (Mula, Lorca, Cartagena) fueron conquistadas militarmente y quedaron desde el principio bajo la autoridad directa del rey castellano. Aunque la repoblación no fue muy numerosa, sí que provocó una primitiva castellanización de tales territorios; naturalmente, por sus ventajas materiales, se adoptaron técnicas y costumbres musulmanas en cuanto a la explotación de la tierra.

Parece segura la existencia de población mozárabe en el reino, en varias localidades y pequeños núcleos. Existió un resurgimiento mozárabe en el siglo XI, manteniéndose la lengua romance, como atestigua Ibn Sida, sabio murciano, en su diccionario Almojaris. Al punto de la conquista, sin embargo, su número era muy escaso por las persecuciones a que fueron sometidos por los almohades.


En la Huerta de Murcia, el poblamiento castellano se concentró en la ciudad, permaneciendo los mudéjares en el campo, como propietarios de las tierras. A partir de 1257 se va incrementando la penetración castellana en la huerta por donadío de Alfonso X a los castellanos de la ciudad.

La escasa población castellana, la presión sobre la población mudéjar, la guerra con Granada e incumplimientos sobre las capitulaciones del emirato, provocaron la sublevación mudéjar de 1264-66:

La Donación a Órdenes Militares aseguró el Noroeste del reino. La orden de Santiago dominaba el curso alto del río Segura desde Segura de la Sierra. La del Temple controlaba Caravaca, Cehegín y Bullas. La orden de San Juan de Jerusalén señoreaba Calasparra y Archena.

Tras la sublevación de 1264 y la capitulación de febrero de 1266, se llevó a cabo la segunda repartición, por Jaime I el Conquistador. Al ejército aragonés se le unió un fuerte contingente castellano que logró, por sí mismo, recuperar la totalidad de la provincia a excepción del norte del reino, la capital y su área. Una vez aplastada la sublevación, había que repoblar pero manteniendo la masa de población musulmana, como única mano de obra cualificada, capaz del trabajo y aprovechamiento de las tierras.

La situación demográfica consistía en una mayor densidad de población musulmana; una mayoría, al comienzo y en proporción, de gentes de la Corona de Aragón (los 10.000 peones que Jaime I licencia y asienta tras la represión de la sublevación mudéjar) y falta de pobladores castellanos. Muchos de éstos últimos, sin embargo, pertenecían al contingente castellano que recuperó Lorca y Cartagena. Los aragoneses y catalanes fueron incorporados a los usos y leyes de la Corona de Castilla; no obstante, en los primeros años se usó indistintamente, en el noreste del reino y en la capital, del derecho castellano y del aragonés. El 16 de mayo de 1272, Alfonso X dispuso que sólo tuviera vigencia el fuero que había concedido a Murcia. Ya por esas fechas, habían abandonado el reino gran cantidad de mudéjares.

La política aragonesa de repoblación la reflejó el propio rey don Jaime I, cuando decía que prefería "dotar espléndidamente a cien ricos hombres ("hombres de valor") que quedaran en la ciudad y tuvieran fuerzas suficientes para defenderla y asegurar su permanencia a la Corona de Castilla. Tales donaciones debían ser grandes propiedades de más de 200 tahúllas (223.580 metros cuadrados).

Por contra, la política castellana de repoblación, basada en la experiencia sevillana y en el mejor conocimiento del terreno, prefería muchos pobladores en repartos metódicos y de no mucha extensión, que sirvieran para incorporar rápidamente al reino de Murcia las costumbres, leyes y usos de Castilla; igualmente, la poca extensión de las tierras concedidas y su diseminación (cuando se concedían varios lotes a una misma persona) aseguraban la desconcentración del poder nobiliario y la preeminencia de los Concejos de realengo. Se crearon Concejos de gran extensión: Murcia, Orihuela, Cartagena, Lorca, Alicante, Mula.

Finalmente, quedó sin efecto la capitulación firmada por los mudéjares sublevados con Jaime I. Se les aseguró libertad, posesiones y rentas suficientes para que no abandonaran el territorio: les quedó, aproximadamente, la mitad de la ciudad y su arrabal de la Arrixaca. La castellanización mantuvo la discriminación de musulmanes y judíos respecto a los cristianos (invirtiendo la distribución del poblamiento capitalino; los cristianos y mozárabes, intramuros; musulmanes y judíos, extramuros). También se fusionaron en la capital, bajo el concepto de "vecinos de Murcia", los pobladores aragoneses, catalanes, ultrapirenaicos, italianos y castellanos. Quedaron distribuidos por parroquias, como aún se puede percibir a día de hoy.

Conforme disminuya la población mudéjar (por emigración a Granada), decrecerá la prosperidad económica. La ocupación aragonesa entre 1296 y 1305, supondrá la pérdida casi completa de población mudéjar. El abandono de las tierras de cultivo promoverá el desarrollo de la ganadería. Tras la paz con Aragón, con la Sentencia de Torrella (1304), el foco de inestabilidad pasó a la frontera sur con Granada, con constantes razzias que alcanzan la huerta de la misma capital.

Contra Granada entablan los repobladores combates y correrías. Hasta la expulsión de los moriscos, en el siglo XVII, Murcia es, humanamente, una masa, principalmente cristiana, insertada entre dos territorios (Granada y Valencia) con abundante población mudéjar.

En estas condiciones, la organización económica se orienta a la autosuficiencia: Las guarniciones protegen a pastores y campesinos y se dejó la explotación de grandes superficies. Como consecuencia, se reconstruyó la masa forestal y la fauna, se desarrolló la apicultura y el pastoreo. Al coincidir la conquista castellana (1266) con la formación de la Mesta (1273), los grandes rebaños transhumantes de La Mancha y Cuenca acceden a los pastos de invierno del Campo de Cartagena.

A lo anterior se debe añadir la industria de guerra, subvencionada por los municipios, el botín, el tráfico de esclavos y los rescates de prisioneros, sobre todo en Lorca y Cartagena.

En cuanto a los repobladores, se trató de asegurar a cada cual, según su nivel social, un medio económico suficiente para mantener un nivel de vida que aún les permitiera esperanzas de mejora.

Damos a continuación unas cifras referentes a los repartimientos y repoblación de dos áreas significativas que nos ilustrarán un poco sobre aquellos que, tras jugarse la vida en la reconquista del reino, fueron gratificados son tierras y casas. En la Huerta de Murcia se asentaron sobre tres mil pobladores, de los cuales unos 400 serían religiosos. Como tales pobladores llevarían consigo a sus familias, considerando una media de 4 personas por familia, obtendríamos un total de unas 10.200 personas.

En el Campo de Cartagena, la rambla del Albujón constituyó la divisoria entre el Concejo de Murcia y el de Cartagena. El campo de Cartagena tuvo un uso, especialmente, como pastos de ganado caprino y lanar en régimen de transhumancia. Sus repobladores fueron, sobre todo, catalanes y castellanos. La población mudéjar pasó a trabajar la tierra en calidad de arrendatarios de las familias repobladoras, que no siempre estuvieron presentes.

Del estudio de los apellidos de los repobladores del Campo de Cartagena, se sigue en el siglo XIII que, de 128 repobladores, 80 son catalanes, lo que resultaría en unas 512 personas. En la 1ª mitad del s. XVI, resultan 489 repobladores (45 catalanes) que resultarían en unas 1.956 personas. En la 2ª mitad del s. XVI, de 31 repobladores, 8 son catalanes, que resultarían en unas 124 personas. En el s. XVII se asientan 102 pobladores (24 catalanes), lo que resulta en unas 408 personas.


Mapa de repoblamiento.

1.- Huerta de Murcia y Orihuela y Noreste del Reino.- Más de la mitad: catalanes, aragoneses, valencianos y mallorquines; una cuarta parte: castellanos; otra cuarta parte: ultrapirenaicos e italianos.

2.- Costa. (Cartagena, La Unión, Mazarrón).- Siglo XIII: Dos tercios de catalanes, aragoneses, valencianos; una cuarta parte: castellanos; resto: ultrapirenaicos e italianos. Sin embargo, en siglos sucesivos (XVI y XVII) la proporción se invirtió. A partir de 1830, la zona costera comprendida entre La Unión y Mazarrón vió doblarse su población a consecuencia de las explotaciones mineras; el principal componente de esta inmigración fue andaluz.

3.- Altiplano.- Más de la mitad: castellanos; sobre un tercio: catalanes o aragoneses.

4.- Lorca (Comarca del Guadalentín).- Más de la mitad: castellanos; sobre un tercio: catalanes o aragoneses.

5.- Noroeste de Murcia.- Órdenes Militares: castellanos.

Hemos de considerar, para completar este cuadro general, que en el siglo XIV se produjo una gran crisis. Hubo guerra con Granada y Aragón, hambre y una peste que mató a la mitad de la población. Al final de este siglo el reino apenas contaba con unos 30.000 habitantes, un tercio de ellos en la capital. Murcia tenía 10.000 habitantes, Chinchilla: 4.000, Lorca: 3.000, Albacete: 1.500, Cartagena: 800.


Los repoblamientos de la primera mitad del siglo XV tienen un fuerte componente humano procedente de la Corona de Aragón. También se incorporan musulmanes de esa procedencia y algunos granadinos. Ocuparán poblamientos del interior (Ricote o Albudeite, por ejemplo). Una población de unos 30 000 murcianos, sobre el tercer cuarto del siglo XV, hace que la iniciativa militar frente a Granada se vaya decantando hacia el lado cristiano.

Al terminar la Reconquista, en 1492, y producirse la unidad ibérica, Murcia se ve libre de su condición de frontera militar con dos reinos. Permanece aún el peligro procedente de los piratas berberiscos, pero éste es ya un peligro muy limitado, en el espacio, a las zonas costeras. Los Reyes Católicos inician una política de limitación de los señoríos y aumento de la base territorial de realengo.

El efecto económico es que Murcia se incorpora a Europa como una región periférica: produce materias primas y consume manufacturas. Al ser un territorio fronterizo durante casi 250 años, se aúnan el despoblamiento y la baja producción agrícola.

La expulsión de los judíos, en 1492, tuvo relativamente poca importancia demográfica en Murcia. Su hueco, más sensible, en la organización económica fue ocupado por extranjeros o por los que optaron por la conversión.

Más importantes fueron los movimientos humanos hacia el exterior. La guerra con Granada no significó sólo pérdidas en combate, también y en mayor medida por el establecimiento de murcianos en las tierras conquistadas (por ejemplo, en 1503, en Baza, fueron establecidos 141 caballeros y peones murcianos, con sus familias). Hasta el siglo XIX, inclusive, muchos murciano emigrarán a Andalucía en épocas de hambres, crisis o epidemias.

Para compensar, los señores y comendadores aprovecharon para repoblar ciertos lugares con musulmanes procedentes del reino de Granada.


Conforme se incrementaron los esfuerzos para lograr la unificación religiosa, se aproximó la hora de la conversión forzosa o la expulsión. Ya en 1503 los moros de Murcia se adelantan a la orden real y solicitan la conversión. ¿Qué los motivó?.

Básicamente, lo mismo que a los hispano-godos que se convirtieron al Islam 800 años atrás: vivir en paz y, sobre todo, acceder a un status jurídico superior que mejoraría sensiblemente sus obligaciones fiscales y sus derechos políticos. Rápidamente se encargarían de ejercer sus nuevos derechos con la interposición de pleitos donde hacen valer su derecho a sus peticiones por su, precisamente, condición de "nuevos cristianos" o "antiguos moros".

Para 1530, la población morisca suponía un 15 % (7 500 personas, aproximadamente) de los habitantes del Reino. Pero no debemos llamarnos a engaño; se ha perdido la continuidad humana y cultural entre el antiguo emirato y el nuevo Reino. Éstos no son descendientes de los primitivos pobladores o de los invasores bereberes, egipcios y sirios asentados a lo largo de los siglos VIII al IX. Unos de procedencia hispana, otros de ascendencia asiática o africana pero, en suma, ajenos a una tierra de pobladores mayoritariamente cristianos que al fin les asimilaría o expulsaría en el siglo XVII.